Ubicada en un bosque cercano a Guadalajara, Casa Amapa nace del deseo profundo —casi utópico— de volver a habitar los bosques. El terreno, de topografía accidentada y cubierta por un denso arbolado, plantea un reto y a la vez una oportunidad: construir sin alterar, adaptarse al lugar antes que imponerle un orden ajeno.
La arquitectura se resuelve como una estructura estereotómica que parece emerger de la tierra, despojada y franca en su materialidad. Su geometría esencial se quiebra solo lo necesario para conservar intactos los árboles existentes. Con el tiempo, la intención es que los límites entre bosque y arquitectura se diluyan, hasta hacer imposible distinguir dónde termina uno y comienza el otro.